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Especial Ciencia Básica: hacia mejores prácticas agrícolas

La agroecología es ciencia, práctica y movimiento social.

16-06-2022

Por María Luisa Santillán, Ciencia UNAM-DGDC


Las ciencias básicas aportan conocimiento necesario para entender mejor las prácticas agrícolas, de las cuales depende el alimento de millones de personas y la conservación de la biodiversidad.

La llamada agroecología es una de las áreas que se ha apoyado de estas disciplinas para explorar la interacción de los microorganismos del suelo con las plantas y los insectos, por ejemplo.

Disciplina híbrida

La agricultura ha sido milenariamente una actividad enfocada en el cultivo de la tierra para la producción de alimentos. Aunque los beneficios que nos ha proporcionado esta práctica como humanidad han sido muchos, también se conoce que la agricultura industrial genera gases de efecto invernadero, tiene impactos en el suelo, en los cuerpos de agua y en la salud de agricultores y consumidores, sobre todo por el uso de agroquímicos como fertilizantes y pesticidas.

Frente a estas problemáticas, una alternativa impulsada desde hace unas décadas es la agroecología, que de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) es una disciplina científica, un conjunto de prácticas y un movimiento social.

El doctor Carlos González Esquivel, del Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad de la UNAM, explica que la agroecología es una disciplina híbrida porque toma aspectos de la ecología básica, las ciencias agronómicas y las ciencias sociales para entender las interacciones entre suelos, microorganismos, cultivos, animales, ecosistemas y la propia sociedad, además de que propone alternativas de mejoramiento.

Una parte de la agroecología es ciencia, porque estudia cómo interactúan los diferentes componentes de los agroecosistemas. Además, como práctica, es un conjunto de técnicas que aplican millones de agricultores para mejorar la sustentabilidad de la producción de alimentos. Además, se considera un movimiento social, relacionado con el derecho de los agricultores a una vida digna, y de la población a consumir alimentos sanos a precios accesibles.

“También se relaciona con la resistencia frente a las grandes corporaciones que imponen un modelo basado en el uso de agroquímicos altamente tóxicos y en el gran agronegocio que alimenta a grandes cadenas de supermercados y que termina castigando los precios para el agricultor y vendiéndonos alimentos que no necesariamente son sanos o nutritivos”, puntualiza el científico, quien es parte del Grupo de Agroecología del IIES.

Mayor apoyo a la agroecología

Los inicios de la agroecología en Europa y Norteamérica se dan a partir de la década de 1970, cuando surge una corriente a favor de la agricultura libre de pesticidas. En América Latina este movimiento se orienta más a la recuperación de los conocimientos tradicionales. Así, muchas de las prácticas ancestrales se han integrado al conocimiento científico para impulsar una agricultura más sostenible.


  •  A nivel mundial, sólo 30% de los alimentos provienen de la agricultura convencional o industrial, y 70% los producen agricultores en pequeña escala.


Algunas de las prácticas agroecológicas innovadoras que contribuyen a hacer de esta actividad algo más sustentable son el uso de abonos orgánicos como compostas, lombricompostas y abonos verdes que aportan nutrientes al suelo; así como el manejo integrado del agua para manejar la falta o exceso de humedad en el suelo.

Un aspecto importante es el empleo de microbios benéficos que mejoran la fertilidad del suelo, fijando nitrógeno, solubilizando fósforo, o controlando enfermedades de los cultivos.

Otras prácticas incluyen la integración de cultivos y ganadería, lo cual se ha perdido en la agricultura industrial, pero que se hace tradicionalmente en la agricultura campesina. El ganado aprovecha los residuos de los cultivos como forraje y aporta materia orgánica en forma de excretas al suelo y a los cultivos.

En cuanto al manejo de plagas y enfermedades, la agricultura convencional busca eliminarlas con agroquímicos, lo cual puede generar resistencia por parte de éstas y daños a la salud de quienes aplican estos productos. Por el contrario, lo que se busca en la agricultura ecológica no es eliminarlas sino controlarlas y manejarlas, a través de entender las interacciones que se dan entre los microorganismos, los cultivos y otros elementos del ecosistema.

La agroecología busca impulsar una diversificación productiva, es decir, la sustitución gradual de monocultivos por la integración de diferentes cultivos, ganado y árboles. Ejemplos de esto incluyen la milpa integrada con árboles frutales o maderables (MIAF) o los sistemas silvopastoriles (SSP).


Actividad en crecimiento

El impulso a la agroecología debe de ir acompañado de políticas públicas que favorezcan que los agricultores puedan transitar de prácticas convencionales a alternativas sustentables, asegura el científico.

Este apoyo también debe de integrar a la investigación en ciencias agrícolas, la cual mayormente ha estado orientada a temas de mejoramiento genético, sin abordar las interacciones que existen en un agroecosistema real.

La agricultura orgánica certificada es el sector que más ha crecido en las dos últimas décadas y lo hace a un ritmo entre 3 a 5% anual. En 2016 se estimaron cerca de 400,000 hectáreas bajo este esquema. Se estima que la superficie actual es mucho mayor, considerando que solamente en el programa Sembrando Vida del gobierno federal se han incorporado cerca de un millón de hectáreas bajo manejo agroecológico en el país.

Sin embargo, el doctor González Esquivel destaca que la mayor parte de lo que se produce en estos esquemas se destina a la exportación, ya que todavía es muy pequeño el mercado nacional:

“Hay que trabajar mucho para consolidar esta demanda; hay sectores de la población que demandan productos orgánicos o ecológicos, pero no saben en dónde adquirirlos y al mismo tiempo hay productores que desean salir del modelo agroindustrial basado en agroquímicos y hacer la transición a una agricultura ecológica, pero tampoco saben a quién venderle sus productos; entonces, una parte muy importante es conectar consumidores y productores de manera directa, con el menor intermediarismo posible”.

Sus investigaciones

El Grupo de Agroecología del IIES trabaja con microorganismos que están presentes en el suelo, que se pueden aislar y reproducir de manera relativamente sencilla, y evaluar su eficacia contra las plagas o enfermedades que se busque controlar.

La ventaja, señala el doctor, es que son técnicas sencillas, los organismos que se estudian están libres de patentes, porque son de distribución universal, están al alcance de todos los agricultores y son más baratos. Esto, a diferencia de los cultivos transgénicos que están patentados, por lo que el agricultor está obligado a adquirir semillas año con año.

Este grupo ha estudiado microorganismos benéficos que controlan algunas plagas del maíz como la gallina ciega, el gusano cogollero y los chapulines, tales como hongos y bacterias.

En su opinión, es necesario apoyarse en la ciencia básica para contribuir a un mejor entendimiento de las prácticas agrícolas.

“Mucho de lo que hacemos son experimentos controlados para saber qué tan viables y efectivos son contra alguna plaga o enfermedad en particular. Nos ayudamos de técnicas moleculares para saber con qué especie de microorganismo estamos trabajando. Además, el mejoramiento genético convencional sigue siendo una herramienta viable y al alcance de todos los agricultores”.

Retos por afrontar

Una de las problemáticas a las que se enfrenta la agroecología es que existen grandes corporaciones que insisten en que es necesario producir más alimentos, sin embargo, el doctor González Esquivel destaca que no es necesario aumentar la producción sino disminuir el desperdicio y favorecer el acceso a los alimentos a la población de menores recursos.

Además, es necesario reducir el uso de insumos agroquímicos y sustituirlos por insumos orgánicos, recuperar suelos degradados y erosionados, así como fomentar la agricultura urbana y periurbana, ya que se puede producir alimento en las ciudades y en las regiones aledañas a éstas.

“Enfrentamos el reto de demostrar que se puede producir sin transgénicos. Las compañías que promueven estos cultivos nos venden la idea de que solamente con transgénicos se va a poder alimentar a la población mundial… Esto es falso. La mayor parte de los alimentos que se producen en el mundo no son transgénicos, y la alternativa agroecológica es mucho más eficiente, más barata, está libre de patente y accesible para la mayoría de pequeños agricultores”.

Otro reto importante –considera– es asegurar el cumplimiento de las leyes en cuanto a la prohibición de agroquímicos altamente tóxicos. Explica que se han aprobado leyes al respecto, aunque falta su implementación, ya que hay muchos productos que están prohibidos en Estados Unidos y Europa y que en México se siguen usando y comercializando de manera ilegal.

“Hay un tremendo desconocimiento de qué hace cada producto y a los agricultores en comunidades alejadas generalmente les venden fungicidas por herbicidas, herbicidas por insecticidas… Hay mucho desconocimiento de cómo funcionan las prácticas agroecológicas y del impacto que tienen, así como de la conexión entre productores y consumidores”.

Destaca que también existen retos relacionados con la ciencia básica; algunos son conocer mejor las interacciones que hay entre microorganismos, suelo, cultivos, insectos y ecosistema. “Las interacciones son mucho más complejas de lo que parecen y hay que poner mucho énfasis en eso; se requiere más investigación al respecto”.

Estamos en el Año Internacional de las Ciencias Básicas para el Desarrollo Sostenible. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) proclamó el 2022 dada la importancia de estas disciplinas en la comprensión de los principales desafíos sociales y planetarios.


 


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