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Aprender del desastre: responsabilidades compartidas ante los eventos volcánicos en México

Doctor Servando de la Cruz Reyna, Instituto de Geofísica, UNAM. Foto:Elvia Moreno Posadas.

08-02-2012

Por Laura Padilla y Denisse Joana Flores DGDC-UNAM



La erupción explosiva del volcán El Chichón, en el estado de Chiapas, ocurrida a lo largo de una semana entre marzo y abril de 1982, provocó la muerte de alrededor de dos mil personas, el desplazamiento de aproximadamente 20 mil más, el cierre de aeropuertos y carreteras, e importantes daños económicos por la pérdida de siembras y ganado. 

En ese tiempo no existía ningún plan de respuesta para erupciones volcánicas; tampoco había un sistema de protección civil, ni dispositivos de monitoreo, pues, por un lado, El Chichón, también conocido como Chichonal, había permanecido inactivo durante más de 600 años y,  por otro, la actividad volcánica general registrada en México en tiempos recientes no había causado un verdadero desastre.

La falta de conciencia y de una cultura de la prevención durante el evento de El Chichón sorprendió a los pobladores y a las autoridades, quienes se vieron envueltos en la confusión. Esta situación les llevó a realizar acciones contradictorias. Por si fuera poco, no se dio un intercambio de opiniones entre los científicos que acudieron al lugar, lo que les impidió que pudieran hacer recomendaciones consistentes, útiles y oportunas a las autoridades.

El volcán El Chichón, localizado en una región montañosa que comprende los municipios de Francisco León y Chapultenango, en el noroeste del estado, devastó un área de 10 kilómetros a la redonda y cubrió el sureste mexicano con ceniza. Originó flujos de lodo caliente y nubes ardientes de gases, ceniza y fragmentos de roca que destruyeron los alrededores. 

La bruma volcánica se extendió hasta el centro del país y las nubes de aerosoles volcánicos se esparcieron por el mundo.

El Doctor Servando de la Cruz Reyna, investigador y jefe del Departamento de Vulcanología del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es uno de los científicos que acudió al lugar durante la erupción. Hoy, a 29 años de distancia, nos comenta sobre los avances alcanzados en relación con la prevención de desastres.

Entre las causas que originaron el desastre del volcán El Chichón, podemos destacar la falta de conciencia del riesgo volcánico y la ausencia de mecanismos de respuesta tanto de la sociedad, como de las autoridades. ¿Ha habido progreso en estos aspectos?

Sí, claro. En esa época no existía el Sistema Nacional de Protección Civil. Recordemos que este sistema se creó en 1986, lo que cambió radicalmente la situación. Antes no había una autoridad que se hiciera responsable de todos estos problemas; en ese momento se definió un esquema de responsabilidades que sigue desarrollándose.

A casi 30 años de la experiencia de El Chichón, ¿actualmente es posible pronosticar cuándo hará erupción un volcán?

De cierta manera, sí, siempre y cuando exista la instrumentación adecuada de vigilancia o monitoreo en el volcán y el personal científico para interpretar los datos que genera este monitoreo. No podemos decir nada sobre un volcán que no tiene datos; es decir, se necesita información sobre su historia eruptiva desde tiempos geológicos, y también necesitamos conocer y comprender las fluctuaciones de las señales detectadas por la red de monitoreo ocurridas en la actualidad, basándonos en las mediciones de tiempo real. La probabilidad de erupción de un volcán es una variable dinámica (es decir, esta probabilidad cambia en relación a un valor que se determina mediante la historia eruptiva de dicho volcán).

¿Qué diferencia hay entre riesgo volcánico y peligro volcánico?

El riesgo es un concepto amplio que comprende dos ámbitos. El primero tiene que ver con las causas físicas, esto es, se relaciona con el ámbito de las ciencias naturales; el otro ámbito tiene que ver con la vulnerabilidad de la sociedad: es uno más cercano a las ciencias sociales. La interacción de estos dos ámbitos permite definir el riesgo. 

La pura descripción del fenómeno y de sus manifestaciones, se relaciona con el peligro. El peligro, desde el ámbito de las ciencias naturales, es la probabilidad de que ocurra el fenómeno, sobre todo las manifestaciones destructivas. Por ejemplo, se calcula la probabilidad de que ocurra un huracán de cierta magnitud que impactará Acapulco o cualquier otro lugar, o la probabilidad de que haga erupción el volcán Popocatépetl en los próximos veinte años; esta probabilidad se representa con números, y hay diferentes procedimientos para calcularla. 

Por otro lado, está la vulnerabilidad de la población; la vulnerabilidad es la probabilidad de daño y se representa como un porcentaje. La vulnerabilidad tiene muchos aspectos sociales, por ejemplo, están la vulnerabilidad física, social, la cultural… Y varios de estos aspectos son difícilmente cuantificables. 

Entonces, la probabilidad de ocurrencia, combinada con la probabilidad de daño, determinan al riesgo como probabilidad de pérdida. Por supuesto, esta pérdida está condicionada a que el fenómeno natural (como la erupción de un volcán) de hecho ocurra.

En México existen varias regiones volcánicas. Una de ellas es la región que atraviesa el centro del país, denominada Faja Volcánica Transmexicana o Eje Neovolcánico Transversal. Esta región se extiende desde Nayarit y Colima, hasta Veracruz. Otra se encuentra en el Sur, en el estado de Chiapas. También hay volcanes importantes en Baja California y en las Islas Revillagigedo. En esas regiones existen muchos volcanes, pero hay alrededor de 12 que han mostrado actividad más reciente, y son los que se estudian en mayor medida para determinar el riesgo que representan. Entre esos volcanes activos están el Volcán de Colima y el Popocatépetl. Con los datos obtenidos de la investigación sobre la actividad pasada y del monitoreo actual de los volcanes activos, se pueden elaborar mapas que indiquen las zonas de riesgo volcánico y así diseñar las medidas preventivas de protección a la población. 

Doctor de la Cruz, ¿qué volcanes están monitoreados en nuestro país?

El Volcán de Colima, monitoreado por la Universidad de Colima; el Pico de Orizaba, monitoreado por el Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED) y por la Universidad Veracruzana, y el Popocatépetl, al que también da seguimiento el CENAPRED. 

También hay vigilancia en San Martín Tuxtla, Veracruz, realizado por la UNAM; en Chiapas, El Chichón y el Tacaná, vigilados por la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, por la UNAM y por el sistema de protección civil del estado. Cada grupo de monitoreo tiene su estructura, no existe uniformidad entre ellos, pero el órgano que más participa técnicamente es el CENAPRED, ya que es una de sus funciones sustantivas. 

VOLCANES DE UNA SOLA ERUPCIÓN: EL NUEVO RETO

En la parte central de la Faja Volcánica Transmexicana, se localiza un grupo volcánico conocido como la Sierra del Chichinautzin. Esta sierra separa a la Ciudad de México de los valles de Cuernavaca y Cuautla. El volcán Xitle, que está ubicado al sur de la Ciudad de México y que forma parte de esta sierra, es un volcán monogenético, es decir, es un volcán que produjo una sola erupción al nacer. 

El Xitle es un volcán relativamente joven, pues su edad está calculada en aproximadamente mil 670 años. Le preguntamos al doctor De la Cruz si están monitoreando esta zona sur, pues una nueva erupción en este lugar afectaría a la Ciudad de México.

¿Se está registrando la actividad de la zona sur de nuestra ciudad?  

Ahí tenemos un tipo de vulcanismo distinto, de volcanes que hacen una sola erupción al nacer. Todavía se están investigando los medios para monitorear ese tipo de zonas volcánicas, porque el pronóstico tiene las mismas dificultades que el de los sismos: no sabemos cuándo y tampoco dónde puede nacer un nuevo volcán. 

El Xitle es un volcán monogenético, es decir, pensamos que difícilmente haría erupción otra vez; en todo caso, pudiera nacer otro volcán, pero no sabemos dónde. Precisamente se está trabajando en metodologías que permitan calcular las probabilidades. Por un lado, se trabaja en el aspecto estadístico y, por otro, en mecanismos de monitoreo que permitan analizar un área muy grande. En realidad no es un trabajo fácil. 

“A MI NO ME VA A PASAR”: RESPONSABILIDAD Y PERCEPCIÓN DEL RIESGO

En general, las regiones cercanas a las zonas volcánicas están pobladas. 

¿Las personas tienen conciencia de los riesgos que implica vivir ahí?  

En la mayor parte de los casos, sí. Aunque a veces la gente no lo admite, por razones que desconozco. También existen casos en los que los habitantes de esas regiones profundizan un poco más en su percepción al respecto, aunque a veces no sea del todo correcta. 

Entonces, la intención es afinar y precisar esa percepción. Por ejemplo, uno de los problemas más importantes que influye en esa forma de pensar es el tiempo de recurrencia del fenómeno. Tomemos como muestra la cantidad de huracanes que llegan a las costas: entre 10 y 15 por año. Nadie que viva en las regiones costeras puede decir que los huracanes no ocurren, o que desconoce sus efectos.

En el caso de los sismos de gran magnitud, la frecuencia no es tan alta. Muchos de nuestros alumnos no vivieron el temblor de 1985, por lo tanto, su percepción es distinta a la que tenemos los que sí lo vivimos. Los que sólo leyeron sobre el fenómeno tienen otra visión. Difícilmente, los distintos grupos sociales tienen una percepción única al respecto. Digamos que son tres niveles de percepción. 

Ha habido otros temblores más recientes, aunque no tan fuertes, y los más jóvenes que sí los han sentido tienen un nivel de percepción intermedio. Para los que no han sentido un temblor, es como si les hablaran de algo hipotético, que podría o no pasar.

En el caso de las erupciones, los tiempos de recurrencia son aún más largos. Por ejemplo, aunque ha habido una erupción reciente del volcán Popocatépetl, la  gente está olvidando, sorprendentemente, el potencial del volcán; esto quizá debido a la baja intensidad y la relativamente baja magnitud de la erupción pasada. Pero no todos lo han olvidado, especialmente los que están enterados de los efectos de otras erupciones en el mundo.

Hay un espectro de percepciones entre las distintas personas de acuerdo al grado de experiencia que cada una tiene. Es en este punto donde la divulgación de la ciencia adquiere importancia, porque puede ayudar a unificar la percepción, tanto de la autoridad como de la población y del grupo científico. La divulgación de la ciencia es quizás la forma con más amplia difusión que podría ayudar a alcanzar este objetivo. 

Cada uno de los grupos de la sociedad debe ser participante activo en la gestión de riesgo. Es importante notar que cuando cada grupo social tiene una percepción distinta del riesgo, se puede originar un desastre. Cuando los científicos dicen una cosa, las autoridades entienden otra, y la población entiende otra más, se genera una condición seria de vulnerabilidad.

Para lograr la eficiencia en materia de protección civil, ¿qué falta por afinar? 

Primero, es necesario extender la investigación sobre la historia eruptiva de los volcanes: qué tipo de erupciones han manifestado y en qué tiempos. Asimismo, se necesita ampliar el monitoreo volcánico, aunque la instalación y operación permanente de los sistemas de monitoreo en los volcanes no es algo simple. Se requiere de una inversión continua. No basta con sólo poner los instrumentos; éstos deben estar funcionando y transmitiendo la información, además de contar con un mantenimiento regular.  

Los instrumentos que están sobre un volcán enfrentan condiciones muy adversas a la intemperie y a gran altura, y por ello se requiere una infraestructura costosa de mantenimiento. La vigilancia volcánica, que incluye al monitoreo volcánico, es un asunto que necesita una inversión inicial y que también requiere de recursos continuos para mantener a un personal que esté capacitado para recibir la información, leerla e interpretarla permanentemente, por un tiempo indefinido. 

Falta reforzar el aspecto del personal capacitado, sumado a la infraestructura de mantenimiento. El equipo por sí mismo no sirve si no hay personal bien calificado que interprete los datos.

Entonces, ¿una debilidad del sistema de vigilancia volcánica tiene que ver con la falta de inversión en este ámbito? 

Yo no la llamaría debilidad, sino una necesidad. Todos los países tienen problemas similares, aún los más desarrollados. Se trata de una inversión que no produce resultados espectaculares, en el sentido de que si el sistema de vigilancia resulta eficiente, no se hablará de miles de víctimas ni de pérdidas millonarias, pero tampoco se dirá que fue gracias a la inversión anterior que se evitó un desastre. La tendencia a omitir esta información reduce la respuesta favorable de la opinión pública hacia la prevención. Por lo anterior, los tomadores de decisiones, es decir, los políticos, con frecuencia no perciben a la prevención como una inversión. 

También existe una actitud psicológica que han estudiado los antropólogos ingleses, llamada vulnerabilidad subjetiva. Es un proceso natural evolutivo, en el cual las personas no creen que un fenómeno determinado les afectará a ellos. Por ejemplo, creen que un accidente en la carretera nunca les pasará, aunque vayan a alta velocidad, o que una erupción volcánica no sucederá porque el volcán siempre ha estado ahí. Desde su percepción, “nunca ha pasado nada”. 

Debemos cambiar la percepción que se tiene respecto a que un determinado fenómeno natural potencialmente peligroso, no ocurrirá. Debemos desarrollar la actitud para saber actuar frente a un fenómeno, de tal suerte que, aunque suceda, no cause daños y no nos afecte; ésa es la gestión de riesgo. No debo negar que el sismo, el huracán o la erupción pueden ocurrir, pero en lugar de temerles, lo que debo hacer es asegurarme de que mi casa, mi sitio de trabajo y mi entorno en general no se vean afectados. 

Este tipo de argumento lo ha trabajado el Sistema Nacional de Protección Civil desde sus inicios: “No podemos evitar que los fenómenos ocurran, pero es mucho lo que podemos hacer para que no se transformen en desastres”.

Si quieres saber más sobre la vigilancia sobre algunos volcanes de nuestro país, te recomendamos visitar: www.geofisica.unam.mx y www.cenapred.unam.mx

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