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Banco de semillas una apuesta contra la extinción

Evitar la extinción, objetivo central de los bancos de semillas. Foto: Arturo Orta.

31-01-2012

Por Claudia Juárez Álvarez, DGDC-UNAM



Sin las plantas nuestra vida acabaría. Aún así la pérdida de especies vegetales va en aumento, incluidas las que usamos en la alimentación. ¿Cómo sería nuestra vida sin maíz, trigo o frijol? ¿Y si los cactus desaparecieran de los desiertos de México? Es probable que algún día ocurra. Los bancos de semillas alrededor del mundo resguardan cientos de especies con tal de asegurar la permanencia de las plantas en el futuro.

Existencia prolongada

La creciente destrucción de áreas naturales, la construcción de calles y carreteras, el avance del monocultivo, la desertificación de suelos y fenómenos climáticos aparecen entre las principales causas de extinción de especies vegetales. 

Ante estas amenazas, botánicos de instituciones científicas de distintos países, apoyados por los gobiernos, impulsaron la construcción de bancos de semillas con fines de conservación. Hoy existen cientos de bancos de germoplasma (semillas) vegetal a lo largo y ancho del planeta, la mayoría resguardan especies de interés alimentario. 

El almacenamiento de semillas es una práctica antigua, quizás desde la implementación de la agricultura y del momento en que el ser humano se hizo sedentario. El habitante del mundo actual mantiene frijol, arroz, habas, maíz y otros tipos de semillas en la alacena, aunque no por mucho tiempo puesto que las usa en la preparación de alimentos. Los bancos de germoplasma (semillas) almacenan grandes cantidades durante años.

Los primeros bancos de semillas nacieron en el siglo XIX como centros de estudio y conocimiento de la evolución de las plantas. A partir de la segunda década del siglo XX despuntó el objetivo conservacionista cara a las amenazas de la vida moderna. Así en el momento en que alguna especie vegetal dejara de existir en su hábitat natural, la preservación de las semillas permitiría reproducirla nuevamente en el campo.

Dicha estrategia pertenece a los llamados métodos de conservación ex situ o “fuera de lugar”, utilizados para conservar la biodiversidad fuera de su medio natural. A diferencia de la conservación in situ, que consiste en preservar especies en las áreas naturales mediante la regeneración de espacios degradados y el cumplimiento de la legislación que establece zonas protegidas. 

Existen bancos de grandes dimensiones como la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, construida en el Círculo Polar Ártico noruego a raíz de una iniciativa con apoyo de la ONU. Ahí se conservan hasta el momento las semillas de 268 mil plantas de uso alimentario en todo el planeta. 

En enero de 2008, aquel gélido reservorio recibió 48 mil variedades de trigo y 7 mil de maíz por parte del Centro Internacional para el Mejoramiento del Maíz y Trigo (CIMMYT), con sede en Texcoco, Estado de México, reconocido como uno de los grandes almacenes de germoplasma. 

Dentro del territorio nacional existe otro banco sin igual. En las instalaciones de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala de la Universidad Nacional Autónoma de  México, se encuentra el único refugio artificial que actualmente conserva las semillas de más de 1 300 especies de plantas nativas de los desiertos mexicanos. 

Las zonas áridas y semiáridas constituyen el 50% de nuestro territorio. Las cactáceas y otras plantas de peculiar belleza que ahí habitan están en peligro de extinción por el comercio ilegal y el avance de actividades humanas. 

Tanto el banco universitario como los ubicados en Texcoco y Noruega, siguen el procedimiento avalado por la comunidad científica para el mantenimiento de las colecciones: bajas temperaturas que aseguran la conservación de las semillas por muchos años.

Vida en el congelador

Depositadas sobre una amplia mesa, cientos de semillas de todos tamaños, colores, formas y texturas recién traídas del campo serán sometidas a diferentes pruebas, cuya finalidad es determinar si son candidatas a la conservación en frío. 

Isela Rodríguez, responsable del Banco de Semillas de la FES Iztacala, lleva a sus manos con sumo cuidado un puño de las frágiles estructuras. Cualquier deterioro podría significar la pérdida de una vida futura. Las semillas guardan el embrión que se transformará en una nueva planta. 

“En cuanto traemos los frutos del campo, extraemos las semillas y las limpiamos hasta retirar completamente los restos de pulpa. Esto es importante porque a veces los azúcares asociados a la pulpa impiden la germinación o reducen los niveles de viabilidad.” 

Una manera de minimizar la humedad de las semillas es dejándolas extendidas sobre una mesa. Otro proceso es la desecación gradual en un cuarto a temperatura controlada. Lo ideal es que las muestras alcancen una humedad de entre 12 y 15 grados. 

Las pruebas de calidad se llevan a cabo en un conjunto semillas seleccionadas, mismas que se cortan y observan a través de un microscopio. La revisión permitirá reconocer si el embrión está vivo y completo. Una prueba más consiste en la germinación en laboratorio de un grupo seleccionado de semillas. Si éstas no se desarrollan adecuadamente, los científicos deben averiguar las causas. 

“Hay plantas que se mantienen en latencia como estrategia de conservación. Otras quizás no fueron germinadas en la temperatura adecuada, o faltó hacerles un orificio porque su cubierta es muy gruesa e impidió la entrada del agua necesaria para activar al embrión”, explica la maestra Rodríguez.

Cuando las pruebas son satisfactorias, los biólogos guardan las semillas en bolsas de aluminio perfectamente selladas y las depositan en los ultracongeladores, en donde se conservan a -20o C de temperatura. Es recomendable practicar una nueva prueba de germinación cada 5 o 10 años, por si acaso hubiera algún daño se procedería a reemplazar las muestras.

Cabe aclarar que no todas las semillas resisten la conservación en frío. Las llamadas recalcitrantes mueren en cuanto disminuye su nivel de humedad; además si se congelan, explotan debido a que el agua en su interior se transforma en cristales. Otras especies como el aguacate y demás frutos grandes y carnosos, el roble, los mangles y otros tipos de árboles sólo pueden conservarse en plantaciones y áreas naturales. 

¿Campo o hielo?

Los bancos de semillas son un recurso de protección de la vida vegetal siempre y cuando cumplan con las condiciones óptimas de conservación y  seguridad de las muestras. Pese a que algunos los han llamado “arcas de Noé”, los críticos advierten del riesgo de concentrar las semillas en unos cuantos sitios.

Ya en el encuentro internacional celebrado en Leipzig, Alemania en 1996, los expertos plantearon la pérdida de colecciones en bancos sin garantías, así como algunos accidentes lamentables. La falta de energía durante un fin de semana acabó con una reserva de raíces y tubérculos de Camerún. La colección nacional de Afganistán quedó destruida en 1992 por la guerra. Un final igual tuvo el banco de semillas iraquí de Abu Ghraib a consecuencia de la invasión de 2003.

Parte de la solución fue la construcción de la Bóveda Global de Svalbard. Pero el proyecto suscitó reacciones de integrantes de Organizaciones No Gubernamentales, quienes prefieren apostar por la conservación de semillas de uso alimentario en los campos de cultivo, a partir de los saberes de los agricultores locales. “La diversidad genética no necesita hielo, sino campo”, expresan algunos activistas. 

Lo cierto es que la conservación del material genético de especies vegetales “fuera del lugar de origen”, se ha vuelto una necesidad. “Si las condiciones de los ecosistemas fueran otras, no habría necesidad de hacerlo; pero la deforestación y el cambio de uso de suelo avanza y hay que conservar”, declara la doctora Patricia Dávila, investigadora de la FES Iztacala de la UNAM.

Existen aproximadamente unos 1 500 bancos de semillas repartidos en más de 150 países. Falta saber si todos tienen el potencial de almacenamiento a largo plazo y cumplen con los estándares científicos. 

La doctora Dávila, especialista en botánica y coordinadora del proyecto del banco de semillas de la FES Iztacala, refiere que desde los inicios de dicho centro de conservación, hace más de 10 años, su equipo de botánicos trabaja en colaboración con científicos de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, CONABIO, y de los Jardines Botánicos Reales de Kew, en Inglaterra,  a través del Millennium Seed Bank. 

“Tenemos colaboración, financiamiento y lo que para un banco de semillas es vital: el protocolo científico, toda la serie de metodologías y estándares internacionales para el manejo de las semillas, el cual nosotros tenemos documentado y lo hemos aprendido en buena medida de los ingleses. Ellos nos han apoyado con entrenamientos y resguardo de nuestra colección por si algo llegara a pasar.”

Es decir, una parte de nuestras semillas se va a Kew con fines de resguardo. El envío está establecido en un convenio entre la UNAM y el banco inglés, a manera de evitar el mal uso del material, por ejemplo, de parte de alguna farmacéutica. Si los europeos quisieran utilizar las muestras deberán solicitar la autorización de la Universidad Nacional y del gobierno mexicano. 

Los opositores a la concentración de material genético en la Bóveda Global de Semillas han mencionado el aprovechamiento indebido como uno de los posibles riesgos. Los impulsores se defienden con el compromiso de que las miles de especies almacenadas en los ultracongeladores en territorio noruego, tendrán un uso exclusivamente de resguardo; no serán sometidas a investigación o reproducción, ni se podrá patentar alguna especie, y sólo se utilizará en caso de que una variedad se agote o haya desaparecido.

La preservación de la biodiversidad alimentaria del planeta sigue siendo la prioridad de los principales bancos de semillas en el mundo. Muy pocos, como es el caso del banco de la UNAM, resguardan colecciones de plantas silvestres, la mayoría apenas conocidas y sin potencial de aprovechamiento humano al menos a corto plazo, pero de gran valor por su importancia ecológica. 

Lejos de reemplazar a toda la riqueza de los ambientes naturales, los bancos de semillas tienen la virtud de ser un refugio para muchas especies que quizás están muriendo en su lugar de origen.  

La FAO calcula la existencia de unos 1 500 bancos de semillas repartidos en aproximadamente 150 países. Falta saber si todos ellos tienen el potencial de almacenamiento a largo plazo y cumplen con los estándares científicos.

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