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Jueves, 30 de marzo de 2017
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El arte al laboratorio
Restauradores y científicos estudian mural del siglo XVI. Foto: Elvia Moreno Posadas.
Restauradores y científicos estudian mural del siglo XVI. Foto: Elvia Moreno Posadas.

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Naix’ieli Castillo Garcia
04/11/2011
Actualidades
Materia y Energía


Hay muchas preguntas sobre las obras de arte que no pueden resolverse por los métodos tradicionales del análisis de fuentes y documentos y su interpretación. Es entonces cuando los restauradores e historiadores se reúnen con los científicos y deciden llevar el arte al laboratorio. 

Hace 10 años, se creó en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, el Laboratorio de Diagnóstico de Arte. El propósito de sus fundadores, entre ellos la restauradora Tatiana Falcón, fue crear un laboratorio como el existente en los grandes museos del mundo como el Louvre de París o el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, donde se estudian las obras de arte desde la perspectiva de los materiales. 

Estudiar una obra de arte, desde la perspectiva de los materiales, significa echar mano de todo el desarrollo científico y tecnológico que a lo largo de los años ha reunido la moderna ciencia de los materiales, desde microscopios ópticos y electrónicos, cámaras de luz infrarroja y ultravioleta, hasta los más modernos espectrómetros que permiten identificar elementos y compuestos en los pigmentos que usaron los artistas.

Desde su fundación, el Laboratorio ha puesto, literalmente bajo el microscopio, la obra de David Alfaro Siqueiros, Frida Kahlo, el Códice Colombino y la obra de los más importantes artistas coloniales como Miguel Cabrera, entre muchos otros.

Uno de los proyectos más importantes del laboratorio es El Imaginario Agustino en el pincel del Tlacuilo que consiste en comparar la producción artística en cinco conventos agustinos construidos durante el siglo XVI en el Estado de Hidalgo. 

Los restauradores y científicos ya han estudiado el convento de San Agustín en Atotonilco el Grande y el convento de San Andrés Apóstol en el municipio de  Epazoyúcan y actualmente estudian el convento de San Nicolás de Tolentino en Actopan, todos localizados en el estado de Hidalgo.

El proyecto El Imaginario Agustino en el pincel del Tlacuilo, pertenece al Programa de Apoyo a Proyectos de Investigación e Innovación Tecnológica de la UNAM, el cual entre otras cosas impulsa la formación de grupos de investigación en y entre las entidades académicas.

En él participan de manera interdisciplinaria, el Laboratorio de Diagnóstico de Obras de Arte, el Archivo fotográfico Manuel Toussaint y el Laboratorio de Hipermedios, del Instituto de Investigaciones Estéticas; así como el Instituto de Física, la Facultad de Filosofía y Letras, la Facultad de Arquitectura, y la Escuela Nacional de Artes Plásticas, todas estas instituciones de la UNAM y el Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares.

El convento Agustino de Actopan

El ex convento Agustino de Actopan, uno de los ejemplos más importantes de arte novohispano del país, fue habitado por los monjes agustinos que evangelizaron ese territorio desde su construcción en el siglo XVI hasta el siglo XVIII, cuando fue secularizado y puesto a cargo de un cura. 

Más adelante a partir de las Leyes de Reforma, el convento se convirtió en cuartel militar y luego se usó como vecindad para muchas familias, hasta que en 1933, fue rescatado por el gobierno mexicano y declarado monumento histórico.

Descubrir los secretos de los conventos agustinos construidos en el siglo XVI y del arte que decora sus muros no es tarea sencilla, para ello, el equipo de restauradores e historiadores del arte del Laboratorio de Diagnóstico de Obras de Arte ha integrado un equipo multidisciplinario integrado por fotógrafos, físicos, químicos, biólogos, arquitectos, restauradores e historiadores del arte.

La doctora Alejandra González Leyva, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, es integrante de este equipo multidisciplinario, y especialista en arquitectura conventual. Su trabajo consiste en hacer un análisis de las etapas constructivas del edificio. 

Éste consistió en revisar detalladamente el grosor, calidad y materiales de los muros y con ello detectó nueve etapas constructivas en el ex convento Agustino de Actopan, la primera de ellas correspondiente al siglo XVI y la última realizada en el siglo XIX. Ahora, los especialistas saben que la gran mayoría de la pintura mural del convento pertenece a la cuarta etapa constructiva, fechada en el último tercio del siglo XVI.

El carácter de los monjes agustinos que habitaban este edificio comienza a revelarse. Detalles como el perfecto diseño arquitectónico de las escaleras, en donde cada uno de los peldaños corresponde con la arquitectura que aparece en los tratados del Renacimiento, indica un plan, en el que desde el principio se contemplaba el proyecto original completo con todas sus dependencias. 

La especialista explica, que en otros edificios que no cuentan con un plan o proyecto, cuando después de un tiempo se decide hacer un segundo cuerpo, la escalera queda sobrepuesta y no tiene la proporción perfecta. 

Alejandra González Leyva señaló que de todos los conventos que ha estudiado a lo largo de su carrera, este es el primero en el que encuentra un diseño original. Eso quiere decir que el arquitecto lo pensó, desde el principio, con dos cuerpos y un diseño renacentista perfecto para la escalera, por lo que ella considera que, a nivel constructivo, es uno de los conventos más importantes de todo el país. 

Además expresó que el proyecto original del convento, es una muestra de que los monjes agustinos que lo construyeron, contaban con una preparación humanística equiparable a cualquiera de las otras regiones europeas en las que se estaba produciendo arte durante la misma época. 

El mural del cubo de la escalera

Emplazado en el cubo de la escalera, se encuentra uno de los más magníficos ejemplos de pintura mural del siglo XVI. El equipo multidisciplinario del proyecto lo eligió por su excelente estado de conservación, el cual permitirá entender el proceso de ejecución artística de este siglo.

De acuerdo con Elsa Arroyo, coordinadora del Laboratorio de Diagnóstico de Obras de Arte del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, el mural está fechado en el último tercio del siglo XVI y fue pintado con una compleja técnica de pintura mural con un acabado brillante que acentúa la profundidad de las figuras.

La restauradora explicó que, antes de pintar el mural de la escalera, sobre el muro desnudo hecho con sillares toscamente labrados, se coloca una capa de enlucido grueso hecha con cal, arena y arena de tezontle, después de eso, los creadores del mural aplicaron dos o hasta tres capas de enlucido fino. Es en esta última capa donde va el dibujo preparatorio.

Sobre el dibujo preparatorio, agregó, va el color que se mezcla con agua y con una cola, goma o proteína. Como el muro aún no ha acabado de fraguar, retiene los pigmentos. El acabado de esta técnica de pintura mural, es muy suave, liso y brillante. 

La obra, contiene una representación de santos agustinos importantes para la orden, tanto por su espiritualidad como por el trabajo intelectual que representan. En su conjunto, el mural transmitía a los monjes que habitaban el convento un mensaje de ascetismo y vida sacrificada, propios de esa orden religiosa. 

La especialista puntualizó que el conjunto de representaciones del mural de la escalera, debe leerse ligado con el resto de las representaciones de pintura mural que se encuentran en las otras dependencias del convento para evitar una interpretación sesgada.

Ciencia para entender el arte

El primer paso que dieron los investigadores fue hacer un registro fotográfico en alta resolución de absolutamente todas las pinturas del siglo XVI que están en el convento. Este trabajo lo llevaron a cabo fotógrafos del Archivo Fotográfico Manuel Toussaint del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM con equipos calibrados digitales de alta resolución en colaboración con historiadores del arte que fueron identificando una a una las escenas. 

Eumelia Hernández Vázquez, fotógrafa e historiadora del arte, dijo que, adicionalmente, el equipo de hipermedios del Instituto de Investigaciones Estéticas se propuso el reto de fotografiar mosaico por mosaico los cuatro muros del cubo de la escalera para poder presentar después el mural en forma horizontal, totalmente desplegado.

Posteriormente, el equipo del estudio técnico, del cual forma parte Eumelia Hernández, llevó a cabo un registro fotográfico en infrarrojo y en ultravioleta del mural.

La historiadora del arte, explicó que emplean tres tipos de registro con luz infrarroja: un registro con cámara digital, otro con reflectografía infrarroja y uno más con cámara de video. Cada uno de esos tipos de registro en infrarrojo, tiene diferente capacidad de penetración de las capas y comparándolos, encontramos el dibujo preparatorio y los trazos que están redibujados, ya sea por intervenciones históricas o recientes, señaló.

Por otro lado, el registro fotográfico en ultravioleta, dijo, nos sirve para detectar si hay barnices en las superficies, porque estos fluorescen diferente y es útil para distinguir algunos pigmentos que tienen una fluorescencia característica. 

Con este detallado registro fotográfico, los científicos en conjunto, determinan los lugares del mural donde se va a hacer la identificación de elementos o la toma de muestras para llevar al laboratorio.

Tras el registro fotográfico y con la información que se obtiene de éste, los investigadores eligen las partes del mural donde los expertos en ciencias de los materiales van a llevar a cabo su trabajo. 

José Luis Ruvalcaba, investigador del Instituto de Física de la UNAM, lleva a cabo un análisis de los componentes de los colores y los materiales de la pintura mural, directamente en el sitio, sin tomar ninguna muestra del mural. 

Para ello, el físico realiza una prueba de fluorescencia de rayos X, usando un equipo desarrollado por ellos mismos en el Instituto de Física. Con esta prueba, se obtienen señales específicas de los elementos que componen los pigmentos, eso da una pista clara sobre diferentes etapas de policromía o si las pinturas son temporalmente más cercanas a la pintura original. 

Por ejemplo, explicó: si en una zona café del mural, detectamos el hierro, eso nos dice que los pigmentos empleados son óxidos de hierro. Si encontramos el hierro en un color rojo, eso es característico de la hematita, pero si encontramos mercurio en una zona roja, eso quiere decir que el pigmento contiene sulfuro de mercurio, que es propio del cinabrio o bermellón, un pigmento diferente, comentó.

El investigador, comentó que en los aplanados han encontrado calcio, porque contienen carbonato de calcio, pero en el dibujo de una vela, encontraron que los blancos contienen plomo. Esto indica que hubo una intervención en el mural, porque la policromía original no contiene blanco de plomo, sino materiales ricos en calcio y hierro, concluyó. 

Algunos de los estudiantes de maestría y doctorado de José Luis Ruvalcaba, trabajan con un espectrómetro Raman, este instrumento envía una luz láser al mural y en la luz que rebota encuentra señales específicas de las moléculas presentes.

Con el espectrómetro Raman, han identificado en el mural compuestos específicos, por ejemplo pequeñas señales de cinabrio que corresponden a repintes posteriores o intervenciones de restauración.

Estudios como este, afirma Ruvalcaba, ayudan a entender mejor los materiales que se empleaban y son valiosos para las labores de conservación, porque orientan sobre materiales compatibles, además de que permiten identificar las áreas que se conservan originales y las que han sido intervenidas.

El análisis de los materiales del mural in situ, también permite hacer una óptima planeación para la toma de muestras que se van a llevar al laboratorio. Antes de usar estas técnicas, relató, se tomaban muchas muestras y eso alteraba la obra, ahora gracias a esta tecnología, el número de muestras que se toma es mucho menor. 

Aunque si bien el análisis in situ del mural, proporciona información muy valiosa, todavía es posible saber mucho más si se toman muestras de dos milímetros de pintura y se llevan al laboratorio. El doctor Manuel Espinosa Pesqueira, del Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares, también participa en este proyecto y en el laboratorio, con instrumentos como microscopios electrónicos y aceleradores de partículas, prepara muestras micrométricas del mural para observar las secciones transversales de las pinturas.

Las muestras también se analizan con un microscopio de fuerza atómica, que permite ver la superficie de la capa de pintura a nivel nanométrico. El microscopio electrónico de transmisión, permite el análisis de muestras ultrafinas, formando una imagen a partir de los electrones que atraviesan la muestra y es tan potente que permite ampliar el objeto observado hasta un millón de veces. 

Otros instrumentos usados por el doctor Manuel Espinosa, son los tradicionales microscopios ópticos, el microscopio electrónico de barrido y un espectrómetro Raman que permite distinguir elementos orgánicos e inorgánicos en las pinturas. 

La caracterización de la micro estructura de cada muestra, te da la información sobre la temporalidad en que fue producida, en qué etapa fue repintada, restaurada o inclusive alterada, siempre y cuando trabaje un equipo multidisciplinario para interpretar el análisis físicoquímico, aseguró. 

Preguntas e Hipótesis

La coordinadora del proyecto, Elsa Arroyo, comenta que el propósito de estudiar este mural, a través de los materiales, es conocer cómo fue realizado, cómo procedieron los artistas, cómo se plasmó la composición y cómo se estructuró el espacio para representar esa compleja pintura. 

También se busca saber la selección de materiales y sus mezclas, qué se pintó primero, si la obra fue modificada y repintada después de haberla terminado, cuándo se llevaron a cabo esas modificaciones y qué técnica corresponde a cada una de estas etapas.

“Lo que vamos a hacer es ir más allá, a través de las capas de pintura, hacia adentro de los enlucidos, para conocer la técnica del artista, y eso sólo puede lograrse a través de procesos científicos”, afirmó.

Tras el análisis científico del mural, los investigadores, esperan tener una mejor idea de, por ejemplo, cuantos pintores trabajaron en el mural y de la cantidad de recursos materiales y humanos que se requirieron para su creación.

Elsa Arroyo señaló que una de sus hipótesis es que originalmente, cuando se pintó el mural en el siglo XVI era únicamente en blanco y negro; otra hipótesis es que los artistas hayan sido un grupo especializado de pintores que eran contratados por la orden para trasladarse de convento en convento y encargarse de la pintura mural de todos ellos. 

La restauradora, insistió en que la clave para develar los secretos del convento y su pintura mural, reside en el trabajo multidisciplinario, porque durante el trabajo de campo, los científicos pueden intercambiar opiniones y compartir lo que van descubriendo en el momento y así ir redirigiendo la investigación o plantearse nuevas preguntas. 

Este tipo de análisis, no puede hacerse ni por una sola persona ni por un sólo grupo de investigadores, tienen que reunirse la experiencia de mucha gente y también el equipamiento y la infraestructura de varias instituciones, concluyó.

Planes a futuro

En los próximos meses, humanistas y científicos analizarán los datos obtenidos mediante las técnicas científicas descritas anteriormente. La integración de la información permitirá a los investigadores, resolver algunas incógnitas, por ejemplo confirmar o descartar si se trató de un mismo equipo de artistas quienes trabajaron en los cinco conventos de la orden Agustina de la zona. 

Aún faltan dos conventos por estudiar en el estado de Hidalgo, el convento de San Miguel Arcángel en Ixmiquilpan y el de Los Santos Reyes en Meztitlán.

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